Visto el documental "El triunfo de la voluntad" de Leni Riefenstahl (1935) que publicita el congreso que celebró el partido Nazi en 1934 en Nüremberg - ciudad medieval alemana que sufrió importantes daños en 1944 por los bombardeos aliados durante la II Guerra Mundial - al haber elegido la ciudad Hitler como sede de los congresos anuales del NSDAP, se me ocurre hacer dos reflexiones, una de carácter más superficial y otra, si se quiere, de mayor calado.
La primera es la cuando menos asombrosa similitud tanto en lo simbólico como en la mecánica, sobretodo ahora que estamos en plena campaña electoral, de los mítines de PP y PSOE en España con la escenografía de los mítines de Hitler. El mar de banderas que impide distinguir a la militancia entregada al frenesí irracional y desideologizado, que es la masa despersonalizada en que se diluye el individuo; ese culto a la juventud, que se manifiesta en la colocación de las juventudes de los partidos en el escenario principal, arropando al líder; el caudillismo (fhürerprinzip) del que hacen gala tanto PP como PSOE, aupando a la tarima al líder supremo que encarna los valores del 'movimiento'; y ese nihilismo adorador del presente, que suena como una suave brisa que mece las conciencias para dormirlas y hacerlas dóciles para la domesticación. Todo es abrumadoramente masivo, significativamente seductor, maniqueo, simplista, nazi en definitiva.
La segunda, que probablemente es más discutible que la primera y tiene como ya he dicho una mayor profundidad conceptual, y por lo tanto es mucho más aterradora, llama al fracaso de la Ilustración. Ya sabemos que uno de los elementos claves de la Ilustración es el racionalismo, que va a propiciar un cambio estructural de carácter transversal en las sociedades occidentales, al cambiar el paradigma filosófico de la trascendencia (Dios) por el de la inmanencia (razón). Esto, al decir de algunos autores, como Tocqueville (La democracia en América, 1840), Steiner (Nostalgia de Absoluto, 2001), Sloterdijk (Normas para el parque humano, 2000; y El Desprecio de las masas, 2004), pero sobretodo Spengler (La Decadencia de Occidente, 1918), va a generar una confusión existencial en el ser humano, que va a sentirse desprotegido, perdido en un contexto hostil y como consecuencia de ello van a destruirse las bases de la civilización occidental. Las ideologías totalitarias - fascismo, bolchevismo, stalinismo, maoismo, franquismo y sobretodo nazismo - van a construir unas meta-religiones, construcciones mitológicas con vocación de absoluto, con la pretensión de rellenar el vacío provocado por la destrucción del paradigma trascendente y solucionar la confusión que en el ser humano ha provocado este arrumbamiento de Dios. El nazismo es, por estructura y por convicción, una meta-religión con vocación de absoluto, basada en una sólida mitología que anuncia una utopía de salvación universal – como en ‘Utopía’ de Santo Tomás Moro, 1516 - que, a cambio, exige la sublimación del individuo a la masa, al caudillo y a los principios ideológicos del movimiento. El racionalismo, en cambio, hace al ser humano, al individuo, dueño de su destino. Así las cosas parece obvio que el surgimiento de las ideologías totalitarias, en este caso el nazismo, ejemplifica ese fracaso de la ilustración, que es un fenómeno estrictamente europeo, como los totalitarismos.
El nazismo, tal vez como el bolchevismo y el fascismo, son el resultado último del fracaso, también, de la democracia liberal occidental. Siguiendo a pensadores de la talla de François Furet (El pasado de una ilusión, 1995; Fascismo y Comunismo, 1999) o Ernst Nolte (El fascismo en su época, 1963), podemos argumentar una trabazón intelectual entre las ideologías totalitarias que, sin miedo a proponer una tesis descabellada, razonablemente caracterizaríamos como una reacción combativa al modelo liberal, que se considera fracasado. Es cierto que el modo de producción capitalista, el proceso de industrialización y el desarrollo de las democracias liberales, generaron desde finales del XIX una serie de problemas sociales, políticos y económicos que configuraron un caldo de cultivo propicio para el surgimiento de respuestas maniqueas, populistas y totalitarias. En concreto en Alemania, la República de Weimar, que es una democracia liberal, representa la - llamémoslo así - corrupción del concepto 'democracia' ya que el juego político de los diferentes partidos en crisis ideológica profunda es prácticamente inexistente. La democracia puede considerarse fracasada conceptualmente cuando se reduce a la admisión de que la ciudadanía es depositaria de la soberanía nacional cuyo ejercicio se circunscribe a la posibilidad de elegir a los representantes políticos en el Parlamento, pero se excluye toda probabilidad de que esa representación política se vincule a una ideología determinada y se imposibilita el cambio de modelo en base a esos preceptos ideológicos. La ciudadanía percibe esa democracia como una alternancia nominal de gobernantes sin sustrato ideológico sustentada en la voluntad ciudadana expresada cada cierto tiempo a través del sufragio universal. Evidentemente, la democracia bolchevique de partido único se basa en el mismo mecanismo, con la salvedad de que se explicita la monoideología del modelo y se deja bien claro que no se puede escapar de ella puesto que hay un único y monolítico partido. El nazismo, en cambio, considerando fracasado el modelo democrático liberal multipartidista opta por el principio del caudillismo (fhürerprinzip), por el que el fhürer se arroga la representación del pueblo sin proceso democrático de elección sino por delegación voluntaria de la soberanía. En realidad, dado que Hitler es Alemania y Alemania es Hitler, la cesión de la soberanía se traduce al cambio de titularidad entre la ciudadanía y la nación, que ejemplifica con terrible sencillez la dilución del valor del individuo en la masa y en la idea irracional de la patria o la nación. El nazismo apelará a los sentimientos del pueblo alemán ‘de todo el mundo’ y no a su raciocinio, ni a su pensamiento, sino al corazón de la patria.
Salvando las distancias y con todas las prevenciones, podemos establecer un cierto paralelismo entre la situación por la que atravesó la República de Weimar y que abrió paso al nazismo con la situación actual en que se mueven las democracias liberales occidentales, en concreto la española. El contexto es el de una democracia liberal caracterizada por una ciudadanía, depositaria de la soberanía nacional, cuyo ejercicio se ha acotado al sufragio universal por el que se eligen representantes políticos en un contexto multipartidista desideologizado, de manera que en la praxis se produce una alternancia nominal de gobernantes sin posibilidad de implementar un cambio de modelo político en base a unos preceptos ideológicos transformadores. El resultado final, similar al que señalaba como interludio del fascismo nacional-socialista, es el de una democracia testimonial homeostática fundamentada en la estabilidad del statu quo. En definitiva, la escenificación paradigmática del fracaso de la democracia liberal occidental.



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