En su obra 'Qué es la historia' (Ariel, 2006), Carr plantea al lector un análisis de la disciplina historiográfica, abordando desde cuestiones metodológicas, pasando por un abordaje de diferentes aspectos conceptuales y terminando en una aproximación a la continuidad de la historia en tanto que proceso abierto. Por su parte, el profesor Berlin, en 'El erizo y la zorra' (Península, 1998), se preocupa por el estado de la disciplina historiográfica moderna a través del análisis de la visión que de la historia manifiesta León Tolstoi en su obra 'Guerra y Paz' (1865 - 1869), utilizando una técnica cuya metodología recoge en su acertado prólogo el escritor y ensayista peruano Mario Vargas Llosa, y que se caracteriza por la utilización del pensamiento del 'otro' para expresar, en realidad, el propio.
¿Qué es la historia? es una cuestión paradigmática porque aborda la ontología de la disciplina histórica, que resultará crucial no sólo para construir las bases conceptuales sino también para dibujar el horizonte futuro. La discusión sobre si la historia puede considerarse una ciencia o una disciplina artístico-filosófica arranca desde el renacimiento, con el auge del racionalismo y el convencimiento de que todo conocimiento para ser veraz había de ser necesariamente científico. Tanto Berlin como Carr apuestan decididamente por el carácter científico de la disciplina, rebatiendo explícitamente, en el caso del profesor Carr, la argumentación contraria que sostiene que la historia no puede establecer leyes universales, ni aspirar a construir un corpus teórico que permita definir cauces evolutivos futuros y que sólo puede tener como objetivo documentar el pasado; dice el profesor Carr que ciencias naturales e historia han evolucionado desde el s. XVII en un recorrido influido por el relativismo y el empirismo, que ha llevado a la ciencia exacta a transitar de esas leyes universales a unas hipótesis más o menos verificables. En historia, en todo caso, se plantea la dificultad de la univocidad de la dicotomía sujeto-objeto, porque en esta disciplina el ser humano es tanto objeto como sujeto, cosa que no ocurre en las ciencias naturales, que les permite aspirar a un mayor grado de objetividad. En este sentido se debe dar cuenta de la importancia de los hechos históricos, que como apunta Carr lo son en virtud de la voluntad del historiador, que en opinión de Berlin está inexorablemente sujeto a una visión subjetiva, sesgada, condicionada por sus propios fundamentos culturales, sociales e ideológicos, además de por la sociedad en que vive. Acudiendo a la explicación del profesor Carr, por ejemplo, el hecho de que César cruzase el rubicón es considerado un hecho histórico por la relevancia que la historiografía le atribuye en su contextualización cronocultural, pero no considera hechos históricos el que cientos de personas antes y después de Julio César atravesaran dicho río, aunque esos hechos efectivamente ocurriesen y sin duda forman parte de la historia; en los ejemplos de Berlin se cita en este mismo sentido la consideración de las acciones de Napoleón, por ejemplo, pero nada se sabe de las decisiones de sus soldados, aunque también fueran hechos verificables e insertos en la historia.
Enlazando con la idea anterior, es importante para definir la historia entender qué o quiénes la realizan efectivamente, cuáles son sus verdaderos protagonistas. Si bien tradicionalmente se ha centrado la atención en eso que tanto Berlin como Carr denominan 'los grandes hombres', parece más que evidente que la historia está construida por la acción de la gente corriente (*), de 'los infinitesimales históricos' de Berlin. Y, en esta línea de pensamiento, resulta pertinente aquí hablar de la causación en historia, teniendo en cuenta una doble perspectiva: por un lado, la idea de monocausalidad, que postula cuando menos la existencia de una causa última o determinante para explicar el proceso histórico; y, por otra, la creencia en la multicausalidad, que en todo caso estima la existencia de una maraña causal inextricable. Como señala el profesor Carr, establecer en investigación una jerarquía causal ayuda a entender y explicar el desarrollo de los acontecimientos, pero no es razonable deducir de ello un universal causal, puesto que en todo caso, la jerarquízación es subjetiva; así mismo, Berlin, en su esfuerzo por desacreditar el determinismo histórico, argumenta sus 'infinitesimales' para justificar una multicausalidad que arrumba la hipótesis de una historia 'teledirigida' hacia un fin determinado a priori. El escepticismo de 'la zorra' se impone sobre el determinismo del 'erizo'.
Teniendo presente que no es lícito que el historiador juzgue los hechos históricos bajo los presupuestos morales de su contexto socio-histórico, sino que es necesario considerar también, junto al proceso histórico el cambio moral que han experimentado las sociedades en su tránsito cronológico, sí parece pertinente en la investigación buscar las implicaciones morales contextuales de los hechos históricos y su repercusión en la marcha de la historia. Para el profesor Berlin es importante este hecho que refleja en la manipulación histórica que en su opinión perpetra León Tolstoi en su obra 'Guerra y Paz', en base a sus propios convencimientos políticos y morales. En este sentido resulta apropiado señalar que el cambio de mentalidad experimentado por las sociedades occidentales en su tránsito a la modernidad, del optimismo desbordante del renacimiento al pesimismo decadente de la modernidad, ha comportando un cambio de enfoque también en la investigación histórica y en la propia historiografía, ya que estos presupuestos o convencimientos morales han condicionado, cuando no determinado, como señala el profesor Carr.
¿Tiene, entonces, futuro la historia? O, dicho de otra manera ¿el proceso histórico implica la idea de progreso, en el sentido de que a medida que se suceden las etapas históricas se va superando la situación anterior en un avance hacia adelante o, por el contrario, la marcha de la historia es irregular, no lineal, o circular? En realidad, como apunta E.H. Carr, el racionalismo ilustrado 'fundador de la moderna historiografía', definió la historia como 'el progreso hacia la consecución de la perfección terrenal de la condición humana' y su máximo representante a juicio de este autor, Gibbon, señala que 'cada época (...) ha incrementado y sigue acreciendo la riqueza real, la felicidad, el conocimiento y acaso la virtud, de la raza humana' (Carr, E.H., ¿Qué es la historia?, pág. 193), pero a medida que las sociedades occidentales se han ido adentrando en la modernidad y asumiendo el concepto de 'decadencia', el impulso ha ido decreciendo y el entusiasmo apagándose, de tal manera que concluye este autor que 'Es el historiador quien aplica a sus acciones la hipótesis de progreso, quien interpreta sus acciones como progreso. Pero ello no invalida el concepto de progreso. Me agrada encontrarme en este punto de acuerdo con Sir Isaiah Berlin, por cuanto "progreso y reacción, por más que se hayan desquiciado estas palabras, no son conceptos vacíos" (...) el progreso descansa, en la historia (...), sobre la transmisión del acervo así adquirido' (Carr, E.H., ¿Qué es la historia?, pág. 200).
Para finalizar, diré que las metas se irán definiendo a medida que se recorra el camino y no será el camino definido por unas metas concebidas a priori. Berlin apela a la naturaleza humana y al juego de sus 'infinitesimales históricos' para definir un proceso incierto centrado en el libre albedrío y la multicausalidad que dibujan un horizonte brumoso en el que no existe estación de destino sino sólo de tránsito. Carr, en su concepción multicausal de la historia, haciendo hincapié en que la existencia de esos 'accidentes' históricos que parecen haber tenido una influencia capital en la marcha de la historia, según qué enfoque y según qué historiador los considere, son en defintiva sólo circunstancias aleatorias que pueden integrarse sin dificultad en esa marcha de la historia sin que sea necesario hablar de un camino marcado o de un destino director. Podemos decir que la historia es un proceso, tal vez incluso un recorrido; podemos decir cuándo y de qué manera empezó a andar el proceso, cuáles fueron sus protagonistas y en qué contexto se desenvolvieron; podemos también explicar, o por lo menos tratar de hacerlo, cuál ha sido el camino recorrido hasta el presente y cuáles las circunstancias, el contexto, las motivaciones - podemos discutir sobre quién o qué protagoniza esa marcha histórica, si los 'grandes hombres' o los 'protagonistas anónimos', todas las personas tienen su lugar en la historia, aunque no aparezcan en los libros o los historiadores no hayan considerado hechos históricos su intervención -, a la luz de esos 'hechos históricos' que, como señala el profesor Carr, son producto de la visión del investigador, que sin embargo no es una mirada huera sino plena de conocimiento; podemos estar más o menos de acuerdo con los diferentes enfoques historiográficos que abordan cuestiones puntuales de la historia de la humanidad o, por el contrario, se acercan a una historia de carácter universal y globalizante; podemos considerar la historia un saber científico o una disciplina artístico-filosófica, dependiendo si consideramos la ciencia como la culminación de la evolución del conocimiento o simplemente como un saber humano en igualdad de condiciones que el resto de disciplinas del conocimiento; podemos inferir para episodios determinados de la historia las causas que los explican o por lo menos hallar esos momentos que soportan la acción o le dan base racional para emitir una explicación; podemos, incluso, comparar sucesos históricos acaecidos en cronologías diferentes para equivaler causas y consecuencias; pero lo que no podremos hacer es ofrecer una visión aproximada del futuro de la historia si no conocemos el pasado, que es imprescindible para explicar el presente.
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(*) Dos ejemplos de microhistoria, esto es del enfoque historiográfico que centra su atención en esos 'infinitesimales' de Berlin, son:
- Ginzburg, C. El formatge y els cucs, PUV, 2005.
- Zemon, N. El retorn de Martin Guèrra, PUV, 2005.



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