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El Triunfo de la Voluntad, el fracaso de la razón


Visto el documental "El triunfo de la voluntad" de Leni Riefenstahl (1935) que publicita el congreso que celebró el partido Nazi en 1934 en Nüremberg - ciudad medieval alemana que sufrió importantes daños en 1944 por los bombardeos aliados durante la II Guerra Mundial - al haber elegido la ciudad Hitler como sede de los congresos anuales del NSDAP, se me ocurre hacer dos reflexiones, una de carácter más superficial y otra, si se quiere, de mayor calado.

La primera es la cuando menos asombrosa similitud tanto en lo simbólico como en la mecánica, sobretodo ahora que estamos en plena campaña electoral, de los mítines de PP y PSOE en España con la escenografía de los mítines de Hitler. El mar de banderas que impide distinguir a la militancia entregada al frenesí irracional y desideologizado, que es la masa despersonalizada en que se diluye el individuo; ese culto a la juventud, que se manifiesta en la colocación de las juventudes de los partidos en el escenario principal, arropando al líder; el caudillismo (fhürerprinzip) del que hacen gala tanto PP como PSOE, aupando a la tarima al líder supremo que encarna los valores del 'movimiento'; y ese nihilismo adorador del presente, que suena como una suave brisa que mece las conciencias para dormirlas y hacerlas dóciles para la domesticación. Todo es abrumadoramente masivo, significativamente seductor, maniqueo, simplista, nazi en definitiva.

La segunda, que probablemente es más discutible que la primera y tiene como ya he dicho una mayor profundidad conceptual, y por lo tanto es mucho más aterradora, llama al fracaso de la Ilustración. Ya sabemos que uno de los elementos claves de la Ilustración es el racionalismo, que va a propiciar un cambio estructural de carácter transversal en las sociedades occidentales, al cambiar el paradigma filosófico de la trascendencia (Dios) por el de la inmanencia (razón). Esto, al decir de algunos autores, como Tocqueville (La democracia en América, 1840), Steiner (Nostalgia de Absoluto, 2001), Sloterdijk (Normas para el parque humano, 2000; y El Desprecio de las masas, 2004), pero sobretodo Spengler (La Decadencia de Occidente, 1918), va a generar una confusión existencial en el ser humano, que va a sentirse desprotegido, perdido en un contexto hostil y como consecuencia de ello van a destruirse las bases de la civilización occidental. Las ideologías totalitarias - fascismo, bolchevismo, stalinismo, maoismo, franquismo y sobretodo nazismo - van a construir unas meta-religiones, construcciones mitológicas con vocación de absoluto, con la pretensión de rellenar el vacío provocado por la destrucción del paradigma trascendente y solucionar la confusión que en el ser humano ha provocado este arrumbamiento de Dios. El nazismo es, por estructura y por convicción, una meta-religión con vocación de absoluto, basada en una sólida mitología que anuncia una utopía de salvación universal – como en ‘Utopía’ de Santo Tomás Moro, 1516 - que, a cambio, exige la sublimación del individuo a la masa, al caudillo y a los principios ideológicos del movimiento. El racionalismo, en cambio, hace al ser humano, al individuo, dueño de su destino. Así las cosas parece obvio que el surgimiento de las ideologías totalitarias, en este caso el nazismo, ejemplifica ese fracaso de la ilustración, que es un fenómeno estrictamente europeo, como los totalitarismos.

El nazismo, tal vez como el bolchevismo y el fascismo, son el resultado último del fracaso, también, de la democracia liberal occidental. Siguiendo a pensadores de la talla de François Furet (El pasado de una ilusión, 1995; Fascismo y Comunismo, 1999) o Ernst Nolte (El fascismo en su época, 1963), podemos argumentar una trabazón intelectual entre las ideologías totalitarias que, sin miedo a proponer una tesis descabellada, razonablemente caracterizaríamos como una reacción combativa al modelo liberal, que se considera fracasado. Es cierto que el modo de producción capitalista, el proceso de industrialización y el desarrollo de las democracias liberales, generaron desde finales del XIX una serie de problemas sociales, políticos y económicos que configuraron un caldo de cultivo propicio para el surgimiento de respuestas maniqueas, populistas y totalitarias. En concreto en Alemania, la República de Weimar, que es una democracia liberal, representa la - llamémoslo así - corrupción del concepto 'democracia' ya que el juego político de los diferentes partidos en crisis ideológica profunda es prácticamente inexistente. La democracia puede considerarse fracasada conceptualmente cuando se reduce a la admisión de que la ciudadanía es depositaria de la soberanía nacional cuyo ejercicio se circunscribe a la posibilidad de elegir a los representantes políticos en el Parlamento, pero se excluye toda probabilidad de que esa representación política se vincule a una ideología determinada y se imposibilita el cambio de modelo en base a esos preceptos ideológicos. La ciudadanía percibe esa democracia como una alternancia nominal de gobernantes sin sustrato ideológico sustentada en la voluntad ciudadana expresada cada cierto tiempo a través del sufragio universal. Evidentemente, la democracia bolchevique de partido único se basa en el mismo mecanismo, con la salvedad de que se explicita la monoideología del modelo y se deja bien claro que no se puede escapar de ella puesto que hay un único y monolítico partido. El nazismo, en cambio, considerando fracasado el modelo democrático liberal multipartidista opta por el principio del caudillismo (fhürerprinzip), por el que el fhürer se arroga la representación del pueblo sin proceso democrático de elección sino por delegación voluntaria de la soberanía. En realidad, dado que Hitler es Alemania y Alemania es Hitler, la cesión de la soberanía se traduce al cambio de titularidad entre la ciudadanía y la nación, que ejemplifica con terrible sencillez la dilución del valor del individuo en la masa y en la idea irracional de la patria o la nación. El nazismo apelará a los sentimientos del pueblo alemán ‘de todo el mundo’ y no a su raciocinio, ni a su pensamiento, sino al corazón de la patria.

Salvando las distancias y con todas las prevenciones, podemos establecer un cierto paralelismo entre la situación por la que atravesó la República de Weimar y que abrió paso al nazismo con la situación actual en que se mueven las democracias liberales occidentales, en concreto la española. El contexto es el de una democracia liberal caracterizada por una ciudadanía, depositaria de la soberanía nacional, cuyo ejercicio se ha acotado al sufragio universal por el que se eligen representantes políticos en un contexto multipartidista desideologizado, de manera que en la praxis se produce una alternancia nominal de gobernantes sin posibilidad de implementar un cambio de modelo político en base a unos preceptos ideológicos transformadores. El resultado final, similar al que señalaba como interludio del fascismo nacional-socialista, es el de una democracia testimonial homeostática fundamentada en la estabilidad del statu quo. En definitiva, la escenificación paradigmática del fracaso de la democracia liberal occidental.
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¿Tiene futuro la historia?


Juan Moya, compañero de clase y amigo, me preguntó por la ‘tesis’ que sostenía en mi blog ‘El triunfo de Kronos’ como hilo conductor de mi ‘memoria’ de la asignatura ‘Introducción a la Historia’. La ontología de su pregunta es que, tras una lectura detallada de mi exposición – cosa que agradezco profundamente – ha llegado a la conclusión de que no hay una ‘tesis’ clara. Además, Juan, señala que está en desacuerdo con la afirmación ‘Hay que tener en cuenta que es a partir de la ilustración cuando se empieza a cuestionar la superioridad de la cultura occidental, relativizando la premacía de sus postulados morales, paralelamente la reacción que apunta a restaurar esa preponderancia de lo occidental, representada en buena parte por Leibnitz, Tocqueville, etc. defiende la existencia de verdades absolutas y apuesta por 'el mejor mundo posible' creado por Dios’, recogida en el segundo párrafo de la entrada ‘Buscando la Verdad; del absoluto al fascismo y el comunismo’, porque considera que no es a partir de la Ilustración cuando empieza a cuestionarse la superioridad de la cultura occidental sino que, bien al contrario, es durante este movimiento (s. SVII y XVIII) cuando la cultura occidental adquiere su apogeo y se expande por todo el orbe, precisamente fruto de ese extraordinario auge. En conversación mantenida en clase con Juan Moya, intenté contestar, dentro de mis obvias limitaciones a su inteligente crítica, pero como considero muy interesante este debate y en mi opinión seguramente va a enriquecer el contenido del blog, procedo a dejar constancia escrita de mi respuesta; entendiéndose que el formato blog permite establecer una línea de réplicas y contrarréplicas ulteriores, si Juan está dispuesto, claro.



Vayamos por partes. Para empezar reconociendo que, en efecto, tras una relectura del Blog 'El Triunfo de Kronos', podemos estimar poco clara la existencia de una tesis directora y concluir que el análisis se queda tan sólo en una exposición descriptiva. No obstante ésta existe y está presente en diversas anotaciones en cada una de las entradas. Otra cosa, en este caso diferente, es la tesis directora del desarrollo del curso, que establecía claramente una línea de continuidad determinada, o en todo caso condicionada, por el pesimismo histórico. Las sociedades occidentales van a experimentar durante el tránsito de la Edad Media a la Modernidad, inscritas en el movimiento de la Ilustración, el reemplazo o la sustitución del paradigma histórico basado en el absoluto trascendente (Dios) por el inmanente (la razón), lo que va a generar una revolución intelectual y un cambio cultural radical, que va a provocar en el ser humano - al menos en el contexto europeo - un alto grado de confusión (el absoluto religioso medieval permitía al ser humano conocer, en términos kantianos, 'a priori' cuál era su lugar en el mundo y su rol en la sociedad, cuya historia estaba determinada por Dios, que la dirigía a un fin predeterminado: la salvación; con la razón, el ser humano es dueño de la historia, que va a tener que construir a través de su 'libre albedrío'), que dará pie a la construcción de diferentes propuestas filosóficas para aliviar esa confusión. De Santo Tomás Moro ('Utopía', 1516) a George Orwell ('1984', 1949), pasando por Terry Gilliam ('Brazil', 1984), hemos visto propuestas de sociedades utópicas, unas, Moro, sociedades idílicas alcanzables a través de la praxis política y otras, Orwell, amenazantes y terriblemente cercanas. Hemos visto, también, en 'Nostalgia de Absoluto' (Steiner, 1974), que surgirán 'meta-religiones', construcciones mitológicas con vocación de absoluto, basadas en estructuras racionales en vez de determinismos trascendentes, que propondrán soluciones vitales a la confusión mencionada y que, en realidad, terminarán por constituirse en remedos sustitutivos de Dios: marxismo, psicoanálisis, antropología de Levi Strauss y finalmente creencias supersticiosas, marcarán el camino de la progresiva degradación de la evolución histórica, hasta el punto que el propio Steiner expresa su pesimismo sobre el futuro de la humanidad en las últimas líneas del libro: 'La verdad, creo, tiene futuro; que lo tenga también el hombre está mucho menos claro' (pag. 132 a 133). También Carr ('¿Qué es la historia?', Ariel, 2006) expresa la percepción de decadencia instalada en las sociedades occidentales, de la historia teledirigida por Dios, pasando por el optimismo antropocéntrico renacentista racional, y terminando en la afirmación de que 'la decadencia de Occidente se ha convertido en expresión tan familiar que ya no se necesitan comillas para encerrarla' (pag. 194). G.H. von Wright, en 'Espacio de la razón' (Verbum, 1996) se cuestiona, a su vez, la bondad del progreso histórico en el sentido de que no cree que ese progreso haya servido para incrementar la felicidad y el bienestar de la humanidad. Sin duda los fenómenos históricos en que este pesimismo se convierte en patología son el Fascismo y el Comunismo, analizados en la obra póstuma de François Furet, 'Fascismo y Comunismo' (1999), en la medida en que como construcciones netamente racionales que han dado como resultado una conclusión irracional escenifican con nitidez ese fracaso de la razón y con él el fracaso de la ilustración y del humanismo, que pondrá de manifiesto Sloterdijk en 'Normas para el parque humano' (Siruela, 2006). Todo ello conduce a la tesis de Spengler en 'La Decadencia de Occidente' (1918), en que dibuja esta coyuntura de nihilismo occidental que veremos explicitada con crudeza en 'La Rebelión de las masas' (Ortega, 1979), donde la culminación del 'progreso' occidental es esa figura gris del 'hombre masa', relacionado con el 'homo ludens' de Huizinga (1938), que tendrá presente Steiner (1974) en los capítulos finales de 'Nostalgia de Absoluto'. Queda claro, entonces, que el discurso histórico del curso, o al menos su 'leit motiv' es el pesimismo histórico, basado en la percepción de la decadencia de la civilización occidental que dibuja un horizonte temporal progresivamente más decadente. El proceso arrancaría con el renacimiento y la explosión de escepticismo de 'Cándido o el optimismo' (Voltaire, 1759) y terminaría en la confirmación del ambiente pesimista de 'Nostalgia de Absoluto' (Steiner), 'Normas para el parque humano' (Sloterdijk) y 'La rebelión de las masas' Ortega).

Hay quien considera, a la luz de los acontecimientos, que esa 'decadencia de occidente' (Spengler) ha conducido al desarrollo de las sociedades occidentales al nihilismo y a la aparición de ese 'hombre masa' de Ortega, directamente emparentado con el 'homo ludens' de Huizinga y Steiner, que va a constituir el caldo de cultivo propiciatorio para la aparición y el auge de los totalitarismos (fascismo, nazismo y bolchevismo), al ir cediendo la ciudadanía espacios de decisión política. En esta línea de pensamiento la historia habría finiquitado, transitando del 'mejor mundo posible creado por Dios' de la Edad Media al 'mejor mundo posible creado por la razón' de la modernidad (o de la contemporaneidad), cuyo exponente será 'El fin de la historia y el último hombre' (Fukuyama), que será contestado en parte y confirmado en cierto sentido también por Huntington y su 'Choque de civilizaciones', en el que postula la indefensión en que vive la cultura occidental como consecuencia de su decadente nihilismo frente al auge y vitalismo de otras culturas humanas. Sin embargo, el ser humano habita este planeta desde hace poco más de 3 millones de años, de los que sólo unos 500.000 (más o menos) corresponden al continente europeo, no podemos deducir que la historia ha llegado a su final sólo porque en este momento seamos incapaces de ver en el futuro un horizonte definido por un modelo socio-económico y político nuevo que permita superar ese ambiente decadente y dar respuesta a las necesidades humanas. De hecho, si analizamos desde cierta distancia emocional e ideológica la situación actual de la humanidad, hemos de reconocer que las condiciones materiales de existencia - empleo terminología marxista con conocimiento de causa - del ser humano son infinitamente mejores que en el resto de etapas históricas, aunque en algunas de ellas se nos puede haber vendido un mundo fantástico de felicidad y belleza. Sin duda en esta visión influye el eurocentrismo, u occidentalismo, pero aún en los espacios geo-políticos en que el ser humano atraviesa situaciones perentorias a buen seguro que en épocas históricas anteriores la situación si no peor, seguro que no fue mejor ¿Cuánto tiempo le queda a la especie humana? No lo sabemos, no podemos saberlo, y por lo tanto resulta plausible tener esperanza en el futuro de la humanidad, basándonos en la idea de que es probable que sea capaz de definir un modelo mejor que el existente.

En cuanto a la discrepancia sobre el momento en que arranca la percepción de pérdida de la supremacía de la cultura occidental, que yo aseguraba en mi post ‘Buscando la Verdad; del absoluto al fascismo y el comunismo’ que se situaba en el renacimiento, como fruto del auge de la Ilustración y el racionalismo. Juan, considera que este momento hay que retrasarlo a la Europa de entreguerras, si no lo entendí mal, y sobretodo tras la Segunda Guerra Mundial, por el descubrimiento de los horrores del nazismo, que como ya hemos discutido en clase se trata de una construcción racional que ha dado un resultado irracional, poniendo de manifiesto la 'falibilidad' de esa razón, que se había configurado como una deidad, objeto de culto. No obstante hemos de tener en cuenta que desde finales del XVII y durante la centuria siguiente, el s. XVIII, los índices de analfabetismo en la sociedad europea van a estar rondando, diferencialmente según regiones, entre el 70 y el 85 % de la población, por lo que la transición del absoluto religioso al racional va a estar protagonizado, en primera instancia, por las élites ilustradas y no por el conjunto de la población. Es de destacar, llegados a este punto, que el auge de la razón en detrimento del absoluto trascendente (Dios), va a posibilitar el cuestionamiento de ese 'mejor mundo posible creado por Dios' y al mismo tiempo, la expansión de la cultura occidental va a poner en contacto a ésta con el resto de culturas humanas, alimentada por el 'gusto por lo exótico' de los ilustrados. Paralelamente va a desarrollarse un 'culto por lo oscuro' y el surgimiento, al albur del movimiento ateísta, del 'satanismo' (Marqués de Sade), que va a poner de manifiesto, en primer lugar la doble moral de las élites gobernantes y por otro 'las miserias' morales de la sociedad occidental en su conjunto. Es obvio que, por un lado la pérdida de confianza en ese mundo perfecto inspirado por la divinidad, que inspira el culto a la razón para construir otro mundo; y, por otro, el contacto con otras culturas humanas y la puesta en evidencia de las miserias morales de las sociedades occidentales, van a generar un cierto ambiente de rechazo de esa cultura y su hegemonía, en ese momento indiscutible, en el mundo. También será evidente que ese movimiento, o ese ambiente, no va a ser ni mucho menos generalizado y sólo va ha hacerse un hueco entre parte de las élites ilustradas. Posiblemente, si estoy en lo cierto, fruto de este influjo que cuestiona, tal vez no explícitamente, la superioridad moral de occidente, está la explosión del 'utopismo' (si es que este término existe):

  • Utopía (Sto. Tomás Moro, 1516).
  • Cristianópolis (Johann Valentin Andrea, 1619)
  • La Ciudad del Sol (Campanella, 1623).
  • La Nueva Atlántida (Sir Francis Bacon, 1627).
  • The Commonwealth (Gerrard Winstanley, 1652).
  • Océana (Harrington, 1656).
  • Isla de Tamoe (Marqués de Sade, 1788)*.

En efecto, puede considerarse en este sentido el 'utopismo' como reflejo de esa realidad cultural que no satisface a los pensadores ilustrados, o al menos a una parte de ellos, puesto que no representa los altos valores que parecen adornar su pensamiento y que alumbran ese mundo 'perfecto' que, como ya sabemos, para el caso de 'Utopía' es alcanzable a través de la praxis política - como en el caso del fascismo, del nazismo y también del comunismo - según Santo Tomás Moro. Por esta razón, si no estoy equivocado, y aunque sí es cierto que probablemente se trata de un movimiento marginal y reducido a unos pocos pensadores de la élite ilustrada, lo cierto es que puede considerarse que es a partir de este momento cuando se dan las condiciones necesarias para, como mínimo, cuestionarse esa supremacía moral, incontestable desde el absoluto trascendente (Dios) pero analizable y discutible a la luz del nuevo dios del renacimiento, la razón.



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* De http://es.wikipedia.org/wiki/Utop%C3%ADa

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La esperanza del futuro (*)


Insertado en los inicios del proceso de secularización de la sociedad (s. XVI) que definen unos procesos sociales, políticos y económicos nuevos, surge la cuestión de redefinir una nueva articulación de la praxis política y la esfera de lo moral. Utopía (1516), dividida en dos partes, en la primera Santo Tomás Moro - aunque fue escrita primero la segunda parte - arremete contra la Inglaterra del siglo XVI, en la que los males que acechan al ser humano son producto de la obra del propio ser humano y no un designio de Dios. Si Hobbes (1651) establece la tesis de que el ser humano es 'per se' malo - homo homini lupus est -, Moro, en cambio, opina que la bondad es connatural al ser humano y que los desórdenes morales son fruto de una mala organización y gestión de lo público. Es por ello que para Moro, las instituciones políticas son las últimas responsables de la entidad moral de las personas bajo su influencia. Esto supone que el bien y el mal morales se dilucidan siempre en el terreno de lo histórico, escapando a inmanencias (naturaleza) y trascendencias (Dios) y quedándose en lo político y lo social.

'Utopía' designa un 'no lugar', o en todo caso un lugar sin localización geográfica, por cuanto se define como un ideal futuro, que debe ser posible alcanzar a través de la praxis política, lo que necesariamente implica que Moro ha de asumir la posibilidad histórica de un progreso de la humanidad en el que Utopía no es sino el destino final de una humanidad que construye un mundo en el que todos los males (morales, políticos, sociales) sean erradicados por completo.

En la sociedad de Utopía que construye Moro trasluce un análisis social exahustivo en el que el origen del mal se haya vinculado a dos parámetros o vectores: por un lado la distribución de la riqueza en sociedad - cuestión que retomará Rousseau (1762) en 'El contrato social', basado en la tradición individualista de Locke -; y, por otro, la guerra, en la que Moro va a tener un papel fundamental al oponerse a la guerra anglo-francesa impulsada por Enrique VIII en 1513. Las desigualdades sociales (pobres-ricos; opresores-oprimidos) generan una fractura social inasumible por las tesis de Moro, que sostiene en Utopía una república de iguales en la que, por un lado la condición social está en función de las necesidades sociales y no se atribuye a la persona en tanto individuo sino a la sociedad en tanto estructura jerárquica; y, por otro, independientemente de la condición social todas las personas están obligadas moralmente a trabajar en pos del sostenimiento común. Ese bien común, para Moro, únicamente es alcanzable si se elimina la propiedad privada:

Sin embargo, pese a todo, la Utopía de Moro es revolucionaria, al menos si la contextualizamos cronológicamente - recordemos que estamos en el siglo XVI -, y aunque dibuje una sociedad fuertemente jerarquizada en la que en el fondo se legitima el poder absoluto del gobernante, encontramos esa revolución tanto en las demandas de igualdad, libertad y solidaridad, que nos pueden parecer 'muy modernas', como en el principio de la propiedad común de lo público (marxistas, comunistas, socialistas, anarquistas sostendrán este principio tres siglos después de que lo hiciera Moro) y también vemos referencias que en este momento nos pueden parecer 'reaccionarias' como es el caso del dirigismo cultural, religioso y moral; la esclavitud o la pena de muerte; la prevención contra 'los vicios' a través de la corrección moral inspirada abiertamente en el cristianismo, pero que en su época son concesiones básicamente inevitables.

Lo individual frente a lo colectivo, el interés particular frente al general y la persona frente al sistema son los ejes ideológicos sobre los que pivota el discurso de “Brazil”. Un Estado totalitario y asfixiante que asume el control, como el Gran Hermano de Orwell, de la vida de una ciudadanía despersonalizada que sólo existe como masa alejada de toda heterogeneidad, se define como el gran enemigo al que se enfrenta el ser humano para salvaguardar su libertad y su especificidad como persona. La burocracia ininteligible y artificialmente compleja hasta el esperpento es signo definitorio de un Estado impermeable a cualquier demanda ciudadana, que persigue asfixiar todo atisbo de individualismo en una maraña de papeleo que termina por absorber a la persona, deglutiéndola y haciéndola desaparecer. Si en '1984' el Gran Hermano manipula la historia, pasado, presente y futuro, para no sólo hacer desaparecer el individuo sino para borrar todo vestigio que pudiera recordarlo, en 'Brazil' es la burocracia el instrumento estatal para aplacar cualquier rasgo de individualidad.

¿Es “Brazil” una película futurista? Yo creo que no, pese a que intenta reflejar, como lo hace magistralmente Orwell en '1984', una sociedad futura el anclaje en el pasado es tan evidente que resulta retrógrado y esas máquinas de escribir antediluvianas con pantallas de televisión toscamente añadidas; el color del celuloide que llama a las películas de la década de los cincuenta; la ambientación general, que nos quiere hablar de mediados del siglo XX, inscriben el discurso en un contexto espacio-temporal muy cercano, más próximo a ese presente que niega '1984' pero que afirma con rotundidad 'Brazil' como única realidad constatable en la que habitan las personas pero también los sueños. Da la impresión de que Gilliam no sólo desconfía del futuro, augurando un escenario kafkiano de tonos grises apagados, sino que lo niega vehementemente, dando protagonismo a un pasado reciente del que resulta imposible escapar porque es lo único sólido a lo que poder agarrarse. El futuro no existe y el pasado ya ocurrió, por lo que únicamente nos queda el presente para desarrollar nuestros sueños; es el nihilismo vitalista que niega todo objetivo a la historia lo que subyace al lenguaje cinematográfico de Terry Gilliam en 'Brazil'. Un nihilismo que alcanza, tal vez, su máxima expresión cuando en los momentos iniciales del filme un atribulado funcionario en la frenética lucha contra una mosca que ha invadido su espacio va a provocar un accidente en la línea histórica que va a condicionar el futuro de toda una sociedad. La historia está llena de 'accidentes' entorno a los que la historiografía se plantea su naturaleza, pues o bien son relevantes para definir el curso de la historia y por lo tanto ésta es fruto del azar accidental o, por el contrario, son parte activa de esa causalidad de que habla Carr en '¿Qué es la historia?'.

El Planeta de Los Simios es, ante todo, un retrato histórico y no una película de ciencia ficción como nos habían hecho creer. Esta afirmación, que en principio puede parecer arriesgada, se puede constatar a poco que profundicemos en el análisis del filme. La sociedad simia es un calco de un momento histórico de la sociedad humana y reproduce con profusión de detalles la dinámica social del esplendor del Imperio Romano. El Senado, la nobleza patricia romana, el papel del Emperador, las relaciones sociales de producción, el esclavismo, la milicia romana, la vida de la plebe en las urbes romanas, la mitología romana – heredada del mundo helénico clásico – y el importante papel del comercio y la guerra en la economía son los aspectos históricos fundamentales que se ven reflejados en la película y que sustentan la aparentemente osada opinión de que estamos ante una película histórica y no de ciencia ficción.

Un aspecto importante que quiero resaltar de la película es la deliberada ocultación de los orígenes de la sociedad de los simios por la clase social que detenta, en ese modelo social, el monopolio de la cultura y el poder religioso y político. La aristocracia dominante recurre a la mitología religiosa para revestir de un carácter prohibido el acceso al conocimiento histórico con un doble objetivo: por una parte, blindar su situación de privilegio en lo social; y, por otra, garantizar la homeostasis interna del sistema, ya que suponen que de conocerse la verdad se producirían desórdenes y revueltas sociales que pondrían en peligro la supervivencia del modelo social que los ha encumbrado. De esta manera la religión se convierte en un instrumento de poder y en un mecanismo de dominación, basado en la restricción del acceso a la cultura y en la ocultación, reinterpretación y utilización de los hechos históricos.


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(*) Los comentarios a las películas - Brazil y El Planeta de Los Simios - están extraídos, literalmente, de los trabajos presentados.

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Recorriendo un camino marcado


Ya sabemos que en el tránsito del siglo XVI al XVIII se va a producir un cambio de mentalidad muy importante en las sociedades occidentales, que van a experimentar la decadencia de los sitemas religiosos donde el absoluto es Dios, basados en verdades universales, a sistemas racionales, construidos sobre el 'culto a la razón', que pueden ser percibidos como 'meta-religiones' o 'mitologías alternativas' y que en todo caso tienen voluntad de absoluto. La historia, inserta en este contexto, no es otra cosa que la búsqueda de una explicación de lo humano y conocemos, por el molinero Menocchio - personaje principal de la novela histórica 'El queso y los gusanos' de Guinzburg - y su peculiar cosmogonía cuál era la explicación de esa realidad humana que ofrecía la religión. Con el tránsito a la modernidad, y sobretodo tras las experiencias de las guerras europeas - o mundiales, según se mire - del siglo XX, la razón y la ciencia han tomado el relevo en esa tarea de explicar el hecho humano.

Wright plantea en 'El Espacio de la Razón' (Verbum, 1996) la posibilidad de que la sociedad moderna, o más bien los mimbres sobre los que se asienta, conduzcan a la desaparición de la humanidad. En Spengler (1918), la historia está predeterminada, a esta idea se opone Toynbee (1961) las culturas son dueñas de su destino; Wright está más cercano a Toynbee que a Spengler, postulando que las causas en historia no son las mismas que en las ciencias naturales ya que dependen del factor 'voluntad', o dicho de otra manera, 'libre albedrío', aunque éste haya servido, paradójicamente, como elemento autodestructivo, conduciendo a la humanidad primero a su decadencia y posteriormente a su desaparición; entendiendo en este contexto 'humanidad' como 'sociedad o civilización occidental'. Spinoza (1670) profundiza en el concepto de predestinación histórica del ser humano, argumentando que el libre albedrío conduce al caos y la confusión, ya que si bien a través de ese sistema puede determinarse una dirección a seguir, ésta no será percibida por el conjunto de las personas, que vagarán indefinidamente en un contexto caótico sin un horizonte temporal claramente identificado, y será ese caótico deambular lo que producirá confusión en el ser humano, que se sentirá abandonado y sin puntos fijos en los que sustentarse. Si bien el concepto de modernidad se construye sobre las ideas de razón y libertad, como dirá Ortega (1979) 'Hay un hecho que para bien o para mal es el más importante de la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas cabe padecer (...) Se llama rebelión de las masas'. Para Ortega (1979) la evolución de las sociedades occidentales ha conducido a la humanidad, a través de un proceso de superación, a la democracia liberal y en plena modernidad ésta sufre una gran crisis, derivada del predominio de lo que denomina 'hombre masa', equivalente a ese 'homo ludens' de Huizinga (1938), que explicita Steiner (1974) en referencia a ese ser humano carente de ambición intelectual que se abandona al nihilismo. El actual 'hombre masa', incapaz de continuar ese 'progreso' orteguiano de la sociedad occidental, configura un modelo de crecimiento social que es, en realidad, caldo de cultivo de sistemas totalitarios (fascismo y comunismo) al ceder el ser humano en sociedad espacios de decisión política.

De nuevo la idea del progreso, que nos asaltaba sorpresivamente cuando leíamos a Carr y Berlin, regresa para explicitar una duda fundamental, que no es otra que el dilucidar si este 'progreso' es fuente de felicidad y mejora de la calidad del bienestar; o si 'progreso' y 'democracia liberal' forman un concepto dicotómico o unívoco. En este sentido Wright (1996) plantea una doble vertiente de este 'progreso': un progreso científico, que hace avanzar el conocimiento; y un progreso técnico, que evoluciona la tecnología. Ambos 'progresos' conducen al dominio de la naturaleza, pero el 'hombre masa', inserto en esa sociedad nihilista, que parece haber alcanzado su cénit y su final al mismo tiempo (Fukuyama, 1992) detiene el proceso, y el 'progreso'. Los tecnosistemas que denuncia Wright (1996) destruyen los espacios de participación de la ciudadanía en las decisiones políticas, diluyendo su representación en un marco cada vez más amplio y cuyos centros de decisión cada vez se perciben más lejanos, inalcalzables e inaprehensibles. Este proceso se exacerba mediante la globalización, que conduce a la civilización occidental no hacia sistemas democráticos sino a tecnosistemas construidos sobre el capital financiero y especulador.

Hasta bien entrado el siglo XVII la historia universal era eurocéntrica, cuando Cristóbal Celarius (1688) estableció en su obra 'Historia Medii Aevi a temporibus Constanini Magni ad Constaninopolim a Turcis captam deducta' la división histórica en tres 'edades' (Antigüedad, Edad Media y Tiempos Modernos), la división se apoyaba en hitos históricos de la historia europea. En el siglo XVIII, Gobineau (cuyo pensamiento racista sirvió de una de las bases del nazismo) en su obra 'Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas' (1853-55), distingue siete civilizaciones, entre las que se incluye la occidental. El conde de Gobineau afirma que la decadencia de la civilización germánica es producto 'del predominio de la inflencia romana, que es una etapa avanzada en la era de la unidad (...) cuando las naciones europeas pierdan por completo su predominio germánico y se romanicen, les llegará la decadencia'. Durante la centuria siguiente y hasta la Primera Guerra Mundial, la supremacía de Occidente no conoció obstáculo y fue hegemónica en la historia; tras la conflagración bélica europea de 1914, la confianza que había experimentado el mundo occidental empezó a resquebrajarse y la crisis subsiguiente que experimentó el continente, trasladando los centros de poder y de decisión al otro lado del Atlántico - a los Estados Unidos, que se configuran desde este momento como potencia hegemónica mundial -, hizo reconfigurar o reconceptualizar la idea de Occidente; los límites de la Europa cristiana ya no eran suficientes. Es en este contexto en que Spengler (1918) publica 'La Decadencia de Occidente', inserto en el proceso que ya vimos definido magistralmente por el profesor Carr (1961) en que las sociedades occidentales transitan del desmesurado optimismo del renacimiento al pesimismo patológico de la Europa de entreguerras, y sobretodo tras la Segunda Guerra Mundial. Para Spengler, las civilizaciones son entes vivos, que nacen, crecen y mueren, por lo que concibe a la civilización occidental como heredera del mundo helénico, pero a la vez, cláramente diferenciada de aquella civilización cuyo ciclo vital ya había sido ampliamente cumplido. Para Spengler, la civilización occidental ya se había desarrollado e iniciado su proceso de decadencia. Toynbee (1972) recoge el testigo de Spengler en este sentido, matizando en 'Estudio de la Historia' que la 'civilización cristiana tuvo su época de esplendor en la Edad Media', pero esto no excuye que puedan haber ulteriores épocas esplendorosas, porque la historia, en opinión de Toynbee, no está predeterminada por un destino inexorable. Huntington (1996) establece en 'El choque de las civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial' una visión cuando menos polémica de la historia como hecho humano, señalando la superación del concepto 'estado-nación' por el de civilizaciones en permanente conflicto, advirtiendo de que si la civilización occidental no es consciente de la veracidad de su análisis corre el riesgo de ser 'vencida' por otras 'civilizaciones' que pugnan por la supremacía internacional.

La decadencia de Occidente, Spengler (1918 y 1923), es el resultado de la percepción de quien estima que la civilización humana - siempre desde un punto de vista occidentalista - ha alcanzado el 'fin de la historia' y ya no cabe posibilidad de mejora, por lo que la única opción que le queda al ser humano en sociedad es abandonarse al nihilismo. Como señala Ortega (1979) el 'hombre masa' ya no es capaz de continuar el 'progreso' y cuando accede al poder, en vez de construir lo que hace es destruir y sólo el fortalecimiento de la democracia liberal - concebida como el cénit del progreso humano - puede salvar a la humanidad de sí misma. Si los modelos políticos y sociales totalitarios planteaban el advenimiento de un paraíso por venir, la democracia liberal percibe su decadencia ya inserta en ese paraíso, que no es un futurible más o menos utópico sino una realidad palpable y la única posiblidad de mejorar, o de progresar, que conciben quienes ya han alcanzado ese 'fin de la historia' de Fukuyama, es profundizar en el modelo, continuar con la tendencia y ahondar en ese 'hombre masa' que, paradójicamente, no es una versión mejorada sino el virus que destruye el sistema que crea ¿Es la democracia liberal el final de camino como postulan Spengler, Ortega o Huntington, entre otros o, en realidad 'el mejor sistema posible inventado por la humanidad' es un futurible al alcance sólo de algún visionario?

Resulta difícil compartir la creencia de que el desarrollo de las sociedades occidentales ha alcanzado su cénit cuando comprobamos a diario que la sociedad construida no es, ni mucho menos, la materialización de ningún ideal utópico (desde Platón a Santo Tomás de Aquino, pasando por Marx, Proudhon y Smith, y terminando, tal vez, en Huxley, Verne, Keynes), ni siquiera se percibe capaz de dar respuesta a la demanda expresada por la manifestación de las necesidades humanas en sociedad, a saber: igualdad, libertad, justicia y solidaridad. Las sociedades occidentales no han sido capaces, por el momento, de erradicar la pobreza sino que, en todo caso, la han globalizado, extendiendo el modelo socio-económico capitalista liberal basado en las desigualdades estructurales que produce su normal funcionamiento, que en cierta medida han sido agravadas por el colonialismo europeo del XIX y los caóticos procesos de descolonización de la centuria siguiente, por lo que en cualquier caso no creo que sea pertinente considerar este modelo socio-económico como el cénit de la civilización humana. Y sin hablar de eso que la concepción eurocéntrica denomina 'el tercer mundo', cuyo nivel de satisfacción de respuestas a las necesidades humanas no es que sea deficiente es que no existe. No sabemos ahora, y tal vez no podamos pronosticar, cuál será el sentido del recorrido que a buen seguro todavía queda por transitar a la humanidad, pero lo que sí podemos afirmar, con conocimiento de causa, es que el actual sistema ni es el final del progreso, ni el proceso de decadencia final, ni la culminación del desarrollo ético o moral de la humanidad.
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Del absoluto al fascismo y el comunismo.

Consecuencia de la influencia en la evolución de las sociedades occidentales del racionalismo ilustrado desde el Renacimiento (ss. XVI-XVII) hasta el nihilismo postmoderno de Francis Fukuyama ('El fin de la historia y el último hombre', 1992), se constata la progresiva pérdida de relevancia de los sistemas religiosos formales, basados en el concepto de 'absoluto', el ser humano ha experimentado la confusión inherente a la pérdida de esos referentes y en esa nostalgia de absoluto han anidado construcciones mitológicas racionales. El vacío dejado por 'la muerte de Dios' (Nietzsche, La gaya ciencia, 1882- Así habló Zaratustra, 1883-85) ha pretendido ser rellenado por esas 'meta-religiones'. Para Steiner (1974) esas construcciones mitológicas racionales deben cumplir tres criterios básicos 'sine qua non': 1.- Vocación de totalidad, y si es una mitología honrada debe invitar a la falsación o refutación; 2.- Unos textos canónicos, que recojan el momento de su fundación, sus principios y sus estrategias de trascendencia, que generará una pronta división entre ortodoxia y herejía, fruto de cruentos enfrentamientos y de reforzamiento de esa fe en el absoluto; 3.- Definirá un lenguaje propio, una simbología específica y generará su propio cuerpo de mitos. Marxismo, psicoanálisis de Freud, la antropología de Levi Strauss y creencias supersticiosas e irracionales serán los constructos filosóficos meta-religiosos analizados por Steiner en su obra 'Nostalgia de Absoluto' (Siruela, 2001), a la que haré referencia a continuación. Del Fascismo (además del comunismo) se encargarán François Furet y Ernst Nolte en la obra póstuma del primero 'Fascismo y Comunismo' (Alianza, 1999), que también utilizaré en este artículo.

Hay que tener en cuenta que es a partir de la ilustración cuando se empieza a cuestionar la superioridad de la cultura occidental, relativizando la premacía de sus postulados morales, paralelamente la reacción que apunta a restaurar esa preponderancia de lo occidental, representada en buena parte por Leibnitz, Tocqueville, etc. defiende la existencia de verdades absolutas y apuesta por 'el mejor mundo posible' creado por Dios. Al otro lado, Voltaire ('Cándido o el optimismo', 1759) critica ese optimismo 'leibnitziano' del mejor mundo posible en el que lo que ocurre lo hace siempre para bien, en el escepticismo metodológico de esa 'zorra' que definirá Berlin. En este tránsito al siglo XVIII, protagonizado por la creciente importancia de la razón frente a las verdades incontestables, cobrarán relevancia las utopías (Santo Tomás Moro, 1516) y se irán abriendo paso los sistemas totalitarios, que son también profundamente racionales. Partimos, entonces, del concepto de 'modernidad', que es un concepto relativamente reciente en Occidente y que se basa en el enfoque historiográfico anglosajón, aludiendo al cambio cultural y mental que vivieron las sociedades occidentales durante el tránsito del XVI al XVIII, en el que hay importantes juegos de contraposiciones conceptuales dicotómicas (razón-prejuicio; verdad-ignorancia; justicia-autoridad; igualdad-privilegio; cooperación-competencia), que tan acertadamente dibuja Huizinga (1919) en su obra 'El otoño de la Edad Media'. Se piensa que es posible sacar a la humanidad de la ignorancia y con la verdad de la razón aspirar a convertir en 'bueno' al ser humano en sociedad. Destruyendo el dogma se puede construir una sociedad basada en conceptos como 'igualdad', 'razón', 'cooperación' y 'justicia', una sociedad benéfica y esplendorosa, alejada de la superstición.

Si partimos de la idea de que el contexto atribuye significado a la acción histórica y que en este contexto el historiador es hijo de su tiempo, entenderemos que éste podrá escapar de su sociedad y que todo hecho histórico es susceptible de múltiples interpretaciones y usos. En esta línea de pensamiento, la utilización de la razón no ha de ser necesariamente bondadosa, ni buenos sus resultados empíricos, ya que puede utilizarse para construir mitologías alternativas, como las que señala Steiner. De hecho, en el transito a la modernidad, el concepto de religiosidad también va a transformarse, yendo de lo divino a lo humano (Mosse) y la razón se convierte en una nueva religión, en un culto dogmático. Es lo mismo que les ocurre, según Steiner, al marxismo, el psicoanálisis, la antropología de Strauss, etc. Para Mosse, entendiendo que toda sociedad crea mitos y leyendas en esa búsqueda de estabilidad en el absoluto - como señala Steiner - 'la nacionalización de las masas' a través de la construcción de mitos nacionales, que no son sino absolutos, somete a la humanidad, al menos su voluntad y libre albedrío, a esos absolutos, como la patria, en aras a su dominación. Fascismo y Comunismo apelan, cada uno desde perspectivas ideológicas diferenciadas y diferentes, a esa mitología totalitaria con vocación de absoluto (Furet y Nolte) utilizando la metodología maquiavélica de un fin bondadoso, el advenimiento del paraíso de la humanidad, para justificar sus excesos en la dominación de la humanidad.

¿Es el fascismo una respuesta al comunismo o se trata de dos fenómenos paralelos? Siendo cierto que existe una cronología sucesiva de acontecimientos - la revolución rusa ocurre en 1917, Mussolini accede al poder en 1923 y Hitler en 1933, diez años más tarde tras un primer intento fallido en 1923 - que en ambos casos, tanto Hitler como Mussonili provenían de partidos obreros, sobretodo en el caso de Mussolini (expulsado del Partido Socialista Italiano en noviembre de 1915 juró venganza) y que ambos dictadores establecieron entre sus enemigos al comunismo; y contando también con que la tesis inicial de Nolte establece que fascismo y comunismo son dos movimientos paralelos, hijos de la Primera Guerra Mundial, o mejor dicho, de las consecuencias de la Gran Guerra, y fruto de las contradicciones internas del sistema capitalista liberal, aunque Hobsbawm (1917) afirma que la tesis de Nolte es más cercana a la de Furet de lo que se deduce de una primera lectura, en el sentido de que parece establecer una causalidad entre los excesos del comunismo y los del nazismo, lo cierto es que, en todo caso, sí parece que ambos movimientos, paralelos o en sucesión causal, mantienen una relación estrecha. En el caso del comunismo, puesto el acento en lo social, con el horizonte puesto en la igualdad social se diluye el valor del individuo en la masa y en esa dilución pierde valor la vida humana; en el caso del fascismo el acento puesto en constructos patrióticos, étnicos y culturales, que llaman a mitologías de civilizaciones épicas, excluyen del círculo 'elegido' a la mayor parte de las personas y partiendo del fortalecimiento de las desigualdades sociales entre individuos en sociedad, extiende a grupos sociales estas desigualdades, de tal manera que también el valor de la vida humana sufre una devaluación sensible. En ambos casos, tanto en el del fascismo como en el del comunismo, el paraíso por venir es anunciado 'a bombo y platillo' por los profetas del 'pueblo elegido' - no por Dios, como en el caso de los judios, sino por la historia - para encabezar la marcha de la civilización. Es destacable el 'antijudaísmo' del nazismo, que como señala Nolte, apunta a la circunstancia de que tanto Marx como buena parte de los dirigentes comunistas pertenecieran a esta étnia, y que en base a este hecho se pueda establecer esa 'reacción' fascista al comunismo.

Cabe señalar, llegados a este punto, que el hecho de que la Segunda Guerra Mundial definiese, como no podía ser de otra manera, en el bando de 'los vencedores' a la Unión Soviética, resultase más fácil poner de manifiesto los excesos del nazismo en Alemania y de alguna manera silenciar - aunque sólo temporalmente - los excesos del sistema soviético estalinista. El campo de exterminio ganó protagonismo frente al Gulag, y no sólo en el acervo cultural occidental sino en la historiografía universal, de tal manera que se ha hecho necesario un ejercicio de revisión histórica. Como señalan en 'Fascismo y Comunismo' (Alianza, 1999) ambos historiadores, la historiografía avanza en la medida en que es suceptible de revisión, ya que de esta manera se permite acceder a conocimientos desconocidos hasta el momento y a la corrección de errores interpretativos. Sin embargo no conviene llevar demasiado lejos este afán revisionista, porque se puede empezar descubriendo historia oculta y terminar justificando la barbarie aduciendo que el adversario ha cometido una barbarie mayor, lo que es una contradicción 'in termini', una antítesis insostenible. Ni los crímenes del nazismo justifican los del comunismo, ni viceversa, ambos son execrables y fruto de sistemas totalitarios que se basan en absolutos, sistemas mitológicos sustitutivos, como diría Steiner, del absoluto religioso.

En definitiva, la pérdida y el vacío existencial dejado por la pérdida de influencia de los grandes sistemas religiosos basados en el absoluto, y en concreto de la religión cristiana, en las sociedades occidentales ha generado la necesidad de llenar ese vacío en la humanidad, que ha sido aprovechada por las meta-religiones - construcciones mitológicas racionales con vocación de absoluto - para intentar dominar a la humanidad, prometiendo el advenimiento del paraíso. Fruto de este tránsito cultural y moral, en el que la razón va a convertirse en un nuevo culto al absoluto, han aparecido constructos filosóficos totalitarios (absolutos universales) como el fascismo y el comunismo. La experiencia de lo pernicioso que puede resultar ser el culto a la razón, ejemplarizado en los resultados de sistemas tan racionales como el nazi o el estalinista, ha precipitado la noción de decadencia occidental, acrecentado la sensación de confusión en la humanidad y propiciado la aparición de creencias fantásticas, basadas en la superstición y la irracionalidad, triste remedo de la realidad percibible y fruto de la modernidad.
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De Edward H. Carr a Isaiah Berlin.

En su obra 'Qué es la historia' (Ariel, 2006), Carr plantea al lector un análisis de la disciplina historiográfica, abordando desde cuestiones metodológicas, pasando por un abordaje de diferentes aspectos conceptuales y terminando en una aproximación a la continuidad de la historia en tanto que proceso abierto. Por su parte, el profesor Berlin, en 'El erizo y la zorra' (Península, 1998), se preocupa por el estado de la disciplina historiográfica moderna a través del análisis de la visión que de la historia manifiesta León Tolstoi en su obra 'Guerra y Paz' (1865 - 1869), utilizando una técnica cuya metodología recoge en su acertado prólogo el escritor y ensayista peruano Mario Vargas Llosa, y que se caracteriza por la utilización del pensamiento del 'otro' para expresar, en realidad, el propio.

¿Qué es la historia? es una cuestión paradigmática porque aborda la ontología de la disciplina histórica, que resultará crucial no sólo para construir las bases conceptuales sino también para dibujar el horizonte futuro. La discusión sobre si la historia puede considerarse una ciencia o una disciplina artístico-filosófica arranca desde el renacimiento, con el auge del racionalismo y el convencimiento de que todo conocimiento para ser veraz había de ser necesariamente científico. Tanto Berlin como Carr apuestan decididamente por el carácter científico de la disciplina, rebatiendo explícitamente, en el caso del profesor Carr, la argumentación contraria que sostiene que la historia no puede establecer leyes universales, ni aspirar a construir un corpus teórico que permita definir cauces evolutivos futuros y que sólo puede tener como objetivo documentar el pasado; dice el profesor Carr que ciencias naturales e historia han evolucionado desde el s. XVII en un recorrido influido por el relativismo y el empirismo, que ha llevado a la ciencia exacta a transitar de esas leyes universales a unas hipótesis más o menos verificables. En historia, en todo caso, se plantea la dificultad de la univocidad de la dicotomía sujeto-objeto, porque en esta disciplina el ser humano es tanto objeto como sujeto, cosa que no ocurre en las ciencias naturales, que les permite aspirar a un mayor grado de objetividad. En este sentido se debe dar cuenta de la importancia de los hechos históricos, que como apunta Carr lo son en virtud de la voluntad del historiador, que en opinión de Berlin está inexorablemente sujeto a una visión subjetiva, sesgada, condicionada por sus propios fundamentos culturales, sociales e ideológicos, además de por la sociedad en que vive. Acudiendo a la explicación del profesor Carr, por ejemplo, el hecho de que César cruzase el rubicón es considerado un hecho histórico por la relevancia que la historiografía le atribuye en su contextualización cronocultural, pero no considera hechos históricos el que cientos de personas antes y después de Julio César atravesaran dicho río, aunque esos hechos efectivamente ocurriesen y sin duda forman parte de la historia; en los ejemplos de Berlin se cita en este mismo sentido la consideración de las acciones de Napoleón, por ejemplo, pero nada se sabe de las decisiones de sus soldados, aunque también fueran hechos verificables e insertos en la historia.

Enlazando con la idea anterior, es importante para definir la historia entender qué o quiénes la realizan efectivamente, cuáles son sus verdaderos protagonistas. Si bien tradicionalmente se ha centrado la atención en eso que tanto Berlin como Carr denominan 'los grandes hombres', parece más que evidente que la historia está construida por la acción de la gente corriente (*), de 'los infinitesimales históricos' de Berlin. Y, en esta línea de pensamiento, resulta pertinente aquí hablar de la causación en historia, teniendo en cuenta una doble perspectiva: por un lado, la idea de monocausalidad, que postula cuando menos la existencia de una causa última o determinante para explicar el proceso histórico; y, por otra, la creencia en la multicausalidad, que en todo caso estima la existencia de una maraña causal inextricable. Como señala el profesor Carr, establecer en investigación una jerarquía causal ayuda a entender y explicar el desarrollo de los acontecimientos, pero no es razonable deducir de ello un universal causal, puesto que en todo caso, la jerarquízación es subjetiva; así mismo, Berlin, en su esfuerzo por desacreditar el determinismo histórico, argumenta sus 'infinitesimales' para justificar una multicausalidad que arrumba la hipótesis de una historia 'teledirigida' hacia un fin determinado a priori. El escepticismo de 'la zorra' se impone sobre el determinismo del 'erizo'.

Teniendo presente que no es lícito que el historiador juzgue los hechos históricos bajo los presupuestos morales de su contexto socio-histórico, sino que es necesario considerar también, junto al proceso histórico el cambio moral que han experimentado las sociedades en su tránsito cronológico, sí parece pertinente en la investigación buscar las implicaciones morales contextuales de los hechos históricos y su repercusión en la marcha de la historia. Para el profesor Berlin es importante este hecho que refleja en la manipulación histórica que en su opinión perpetra León Tolstoi en su obra 'Guerra y Paz', en base a sus propios convencimientos políticos y morales. En este sentido resulta apropiado señalar que el cambio de mentalidad experimentado por las sociedades occidentales en su tránsito a la modernidad, del optimismo desbordante del renacimiento al pesimismo decadente de la modernidad, ha comportando un cambio de enfoque también en la investigación histórica y en la propia historiografía, ya que estos presupuestos o convencimientos morales han condicionado, cuando no determinado, como señala el profesor Carr.

¿Tiene, entonces, futuro la historia? O, dicho de otra manera ¿el proceso histórico implica la idea de progreso, en el sentido de que a medida que se suceden las etapas históricas se va superando la situación anterior en un avance hacia adelante o, por el contrario, la marcha de la historia es irregular, no lineal, o circular? En realidad, como apunta E.H. Carr, el racionalismo ilustrado 'fundador de la moderna historiografía', definió la historia como 'el progreso hacia la consecución de la perfección terrenal de la condición humana' y su máximo representante a juicio de este autor, Gibbon, señala que 'cada época (...) ha incrementado y sigue acreciendo la riqueza real, la felicidad, el conocimiento y acaso la virtud, de la raza humana' (Carr, E.H., ¿Qué es la historia?, pág. 193), pero a medida que las sociedades occidentales se han ido adentrando en la modernidad y asumiendo el concepto de 'decadencia', el impulso ha ido decreciendo y el entusiasmo apagándose, de tal manera que concluye este autor que 'Es el historiador quien aplica a sus acciones la hipótesis de progreso, quien interpreta sus acciones como progreso. Pero ello no invalida el concepto de progreso. Me agrada encontrarme en este punto de acuerdo con Sir Isaiah Berlin, por cuanto "progreso y reacción, por más que se hayan desquiciado estas palabras, no son conceptos vacíos" (...) el progreso descansa, en la historia (...), sobre la transmisión del acervo así adquirido' (Carr, E.H., ¿Qué es la historia?, pág. 200).

Para finalizar, diré que las metas se irán definiendo a medida que se recorra el camino y no será el camino definido por unas metas concebidas a priori. Berlin apela a la naturaleza humana y al juego de sus 'infinitesimales históricos' para definir un proceso incierto centrado en el libre albedrío y la multicausalidad que dibujan un horizonte brumoso en el que no existe estación de destino sino sólo de tránsito. Carr, en su concepción multicausal de la historia, haciendo hincapié en que la existencia de esos 'accidentes' históricos que parecen haber tenido una influencia capital en la marcha de la historia, según qué enfoque y según qué historiador los considere, son en defintiva sólo circunstancias aleatorias que pueden integrarse sin dificultad en esa marcha de la historia sin que sea necesario hablar de un camino marcado o de un destino director. Podemos decir que la historia es un proceso, tal vez incluso un recorrido; podemos decir cuándo y de qué manera empezó a andar el proceso, cuáles fueron sus protagonistas y en qué contexto se desenvolvieron; podemos también explicar, o por lo menos tratar de hacerlo, cuál ha sido el camino recorrido hasta el presente y cuáles las circunstancias, el contexto, las motivaciones - podemos discutir sobre quién o qué protagoniza esa marcha histórica, si los 'grandes hombres' o los 'protagonistas anónimos', todas las personas tienen su lugar en la historia, aunque no aparezcan en los libros o los historiadores no hayan considerado hechos históricos su intervención -, a la luz de esos 'hechos históricos' que, como señala el profesor Carr, son producto de la visión del investigador, que sin embargo no es una mirada huera sino plena de conocimiento; podemos estar más o menos de acuerdo con los diferentes enfoques historiográficos que abordan cuestiones puntuales de la historia de la humanidad o, por el contrario, se acercan a una historia de carácter universal y globalizante; podemos considerar la historia un saber científico o una disciplina artístico-filosófica, dependiendo si consideramos la ciencia como la culminación de la evolución del conocimiento o simplemente como un saber humano en igualdad de condiciones que el resto de disciplinas del conocimiento; podemos inferir para episodios determinados de la historia las causas que los explican o por lo menos hallar esos momentos que soportan la acción o le dan base racional para emitir una explicación; podemos, incluso, comparar sucesos históricos acaecidos en cronologías diferentes para equivaler causas y consecuencias; pero lo que no podremos hacer es ofrecer una visión aproximada del futuro de la historia si no conocemos el pasado, que es imprescindible para explicar el presente.


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(*) Dos ejemplos de microhistoria, esto es del enfoque historiográfico que centra su atención en esos 'infinitesimales' de Berlin, son:

- Ginzburg, C. El formatge y els cucs, PUV, 2005.
- Zemon, N. El retorn de Martin Guèrra, PUV, 2005.
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