Ya sabemos que en el tránsito del siglo XVI al XVIII se va a producir un cambio de mentalidad muy importante en las sociedades occidentales, que van a experimentar la decadencia de los sitemas religiosos donde el absoluto es Dios, basados en verdades universales, a sistemas racionales, construidos sobre el 'culto a la razón', que pueden ser percibidos como 'meta-religiones' o 'mitologías alternativas' y que en todo caso tienen voluntad de absoluto. La historia, inserta en este contexto, no es otra cosa que la búsqueda de una explicación de lo humano y conocemos, por el molinero Menocchio - personaje principal de la novela histórica 'El queso y los gusanos' de Guinzburg - y su peculiar cosmogonía cuál era la explicación de esa realidad humana que ofrecía la religión. Con el tránsito a la modernidad, y sobretodo tras las experiencias de las guerras europeas - o mundiales, según se mire - del siglo XX, la razón y la ciencia han tomado el relevo en esa tarea de explicar el hecho humano.
Wright plantea en 'El Espacio de la Razón' (Verbum, 1996) la posibilidad de que la sociedad moderna, o más bien los mimbres sobre los que se asienta, conduzcan a la desaparición de la humanidad. En Spengler (1918), la historia está predeterminada, a esta idea se opone Toynbee (1961) las culturas son dueñas de su destino; Wright está más cercano a Toynbee que a Spengler, postulando que las causas en historia no son las mismas que en las ciencias naturales ya que dependen del factor 'voluntad', o dicho de otra manera, 'libre albedrío', aunque éste haya servido, paradójicamente, como elemento autodestructivo, conduciendo a la humanidad primero a su decadencia y posteriormente a su desaparición; entendiendo en este contexto 'humanidad' como 'sociedad o civilización occidental'. Spinoza (1670) profundiza en el concepto de predestinación histórica del ser humano, argumentando que el libre albedrío conduce al caos y la confusión, ya que si bien a través de ese sistema puede determinarse una dirección a seguir, ésta no será percibida por el conjunto de las personas, que vagarán indefinidamente en un contexto caótico sin un horizonte temporal claramente identificado, y será ese caótico deambular lo que producirá confusión en el ser humano, que se sentirá abandonado y sin puntos fijos en los que sustentarse. Si bien el concepto de modernidad se construye sobre las ideas de razón y libertad, como dirá Ortega (1979) 'Hay un hecho que para bien o para mal es el más importante de la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas cabe padecer (...) Se llama rebelión de las masas'. Para Ortega (1979) la evolución de las sociedades occidentales ha conducido a la humanidad, a través de un proceso de superación, a la democracia liberal y en plena modernidad ésta sufre una gran crisis, derivada del predominio de lo que denomina 'hombre masa', equivalente a ese 'homo ludens' de Huizinga (1938), que explicita Steiner (1974) en referencia a ese ser humano carente de ambición intelectual que se abandona al nihilismo. El actual 'hombre masa', incapaz de continuar ese 'progreso' orteguiano de la sociedad occidental, configura un modelo de crecimiento social que es, en realidad, caldo de cultivo de sistemas totalitarios (fascismo y comunismo) al ceder el ser humano en sociedad espacios de decisión política.
De nuevo la idea del progreso, que nos asaltaba sorpresivamente cuando leíamos a Carr y Berlin, regresa para explicitar una duda fundamental, que no es otra que el dilucidar si este 'progreso' es fuente de felicidad y mejora de la calidad del bienestar; o si 'progreso' y 'democracia liberal' forman un concepto dicotómico o unívoco. En este sentido Wright (1996) plantea una doble vertiente de este 'progreso': un progreso científico, que hace avanzar el conocimiento; y un progreso técnico, que evoluciona la tecnología. Ambos 'progresos' conducen al dominio de la naturaleza, pero el 'hombre masa', inserto en esa sociedad nihilista, que parece haber alcanzado su cénit y su final al mismo tiempo (Fukuyama, 1992) detiene el proceso, y el 'progreso'. Los tecnosistemas que denuncia Wright (1996) destruyen los espacios de participación de la ciudadanía en las decisiones políticas, diluyendo su representación en un marco cada vez más amplio y cuyos centros de decisión cada vez se perciben más lejanos, inalcalzables e inaprehensibles. Este proceso se exacerba mediante la globalización, que conduce a la civilización occidental no hacia sistemas democráticos sino a tecnosistemas construidos sobre el capital financiero y especulador.
Hasta bien entrado el siglo XVII la historia universal era eurocéntrica, cuando Cristóbal Celarius (1688) estableció en su obra 'Historia Medii Aevi a temporibus Constanini Magni ad Constaninopolim a Turcis captam deducta' la división histórica en tres 'edades' (Antigüedad, Edad Media y Tiempos Modernos), la división se apoyaba en hitos históricos de la historia europea. En el siglo XVIII, Gobineau (cuyo pensamiento racista sirvió de una de las bases del nazismo) en su obra 'Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas' (1853-55), distingue siete civilizaciones, entre las que se incluye la occidental. El conde de Gobineau afirma que la decadencia de la civilización germánica es producto 'del predominio de la inflencia romana, que es una etapa avanzada en la era de la unidad (...) cuando las naciones europeas pierdan por completo su predominio germánico y se romanicen, les llegará la decadencia'. Durante la centuria siguiente y hasta la Primera Guerra Mundial, la supremacía de Occidente no conoció obstáculo y fue hegemónica en la historia; tras la conflagración bélica europea de 1914, la confianza que había experimentado el mundo occidental empezó a resquebrajarse y la crisis subsiguiente que experimentó el continente, trasladando los centros de poder y de decisión al otro lado del Atlántico - a los Estados Unidos, que se configuran desde este momento como potencia hegemónica mundial -, hizo reconfigurar o reconceptualizar la idea de Occidente; los límites de la Europa cristiana ya no eran suficientes. Es en este contexto en que Spengler (1918) publica 'La Decadencia de Occidente', inserto en el proceso que ya vimos definido magistralmente por el profesor Carr (1961) en que las sociedades occidentales transitan del desmesurado optimismo del renacimiento al pesimismo patológico de la Europa de entreguerras, y sobretodo tras la Segunda Guerra Mundial. Para Spengler, las civilizaciones son entes vivos, que nacen, crecen y mueren, por lo que concibe a la civilización occidental como heredera del mundo helénico, pero a la vez, cláramente diferenciada de aquella civilización cuyo ciclo vital ya había sido ampliamente cumplido. Para Spengler, la civilización occidental ya se había desarrollado e iniciado su proceso de decadencia. Toynbee (1972) recoge el testigo de Spengler en este sentido, matizando en 'Estudio de la Historia' que la 'civilización cristiana tuvo su época de esplendor en la Edad Media', pero esto no excuye que puedan haber ulteriores épocas esplendorosas, porque la historia, en opinión de Toynbee, no está predeterminada por un destino inexorable. Huntington (1996) establece en 'El choque de las civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial' una visión cuando menos polémica de la historia como hecho humano, señalando la superación del concepto 'estado-nación' por el de civilizaciones en permanente conflicto, advirtiendo de que si la civilización occidental no es consciente de la veracidad de su análisis corre el riesgo de ser 'vencida' por otras 'civilizaciones' que pugnan por la supremacía internacional.
La decadencia de Occidente, Spengler (1918 y 1923), es el resultado de la percepción de quien estima que la civilización humana - siempre desde un punto de vista occidentalista - ha alcanzado el 'fin de la historia' y ya no cabe posibilidad de mejora, por lo que la única opción que le queda al ser humano en sociedad es abandonarse al nihilismo. Como señala Ortega (1979) el 'hombre masa' ya no es capaz de continuar el 'progreso' y cuando accede al poder, en vez de construir lo que hace es destruir y sólo el fortalecimiento de la democracia liberal - concebida como el cénit del progreso humano - puede salvar a la humanidad de sí misma. Si los modelos políticos y sociales totalitarios planteaban el advenimiento de un paraíso por venir, la democracia liberal percibe su decadencia ya inserta en ese paraíso, que no es un futurible más o menos utópico sino una realidad palpable y la única posiblidad de mejorar, o de progresar, que conciben quienes ya han alcanzado ese 'fin de la historia' de Fukuyama, es profundizar en el modelo, continuar con la tendencia y ahondar en ese 'hombre masa' que, paradójicamente, no es una versión mejorada sino el virus que destruye el sistema que crea ¿Es la democracia liberal el final de camino como postulan Spengler, Ortega o Huntington, entre otros o, en realidad 'el mejor sistema posible inventado por la humanidad' es un futurible al alcance sólo de algún visionario?
Resulta difícil compartir la creencia de que el desarrollo de las sociedades occidentales ha alcanzado su cénit cuando comprobamos a diario que la sociedad construida no es, ni mucho menos, la materialización de ningún ideal utópico (desde Platón a Santo Tomás de Aquino, pasando por Marx, Proudhon y Smith, y terminando, tal vez, en Huxley, Verne, Keynes), ni siquiera se percibe capaz de dar respuesta a la demanda expresada por la manifestación de las necesidades humanas en sociedad, a saber: igualdad, libertad, justicia y solidaridad. Las sociedades occidentales no han sido capaces, por el momento, de erradicar la pobreza sino que, en todo caso, la han globalizado, extendiendo el modelo socio-económico capitalista liberal basado en las desigualdades estructurales que produce su normal funcionamiento, que en cierta medida han sido agravadas por el colonialismo europeo del XIX y los caóticos procesos de descolonización de la centuria siguiente, por lo que en cualquier caso no creo que sea pertinente considerar este modelo socio-económico como el cénit de la civilización humana. Y sin hablar de eso que la concepción eurocéntrica denomina 'el tercer mundo', cuyo nivel de satisfacción de respuestas a las necesidades humanas no es que sea deficiente es que no existe. No sabemos ahora, y tal vez no podamos pronosticar, cuál será el sentido del recorrido que a buen seguro todavía queda por transitar a la humanidad, pero lo que sí podemos afirmar, con conocimiento de causa, es que el actual sistema ni es el final del progreso, ni el proceso de decadencia final, ni la culminación del desarrollo ético o moral de la humanidad.




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