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Del absoluto al fascismo y el comunismo.

Consecuencia de la influencia en la evolución de las sociedades occidentales del racionalismo ilustrado desde el Renacimiento (ss. XVI-XVII) hasta el nihilismo postmoderno de Francis Fukuyama ('El fin de la historia y el último hombre', 1992), se constata la progresiva pérdida de relevancia de los sistemas religiosos formales, basados en el concepto de 'absoluto', el ser humano ha experimentado la confusión inherente a la pérdida de esos referentes y en esa nostalgia de absoluto han anidado construcciones mitológicas racionales. El vacío dejado por 'la muerte de Dios' (Nietzsche, La gaya ciencia, 1882- Así habló Zaratustra, 1883-85) ha pretendido ser rellenado por esas 'meta-religiones'. Para Steiner (1974) esas construcciones mitológicas racionales deben cumplir tres criterios básicos 'sine qua non': 1.- Vocación de totalidad, y si es una mitología honrada debe invitar a la falsación o refutación; 2.- Unos textos canónicos, que recojan el momento de su fundación, sus principios y sus estrategias de trascendencia, que generará una pronta división entre ortodoxia y herejía, fruto de cruentos enfrentamientos y de reforzamiento de esa fe en el absoluto; 3.- Definirá un lenguaje propio, una simbología específica y generará su propio cuerpo de mitos. Marxismo, psicoanálisis de Freud, la antropología de Levi Strauss y creencias supersticiosas e irracionales serán los constructos filosóficos meta-religiosos analizados por Steiner en su obra 'Nostalgia de Absoluto' (Siruela, 2001), a la que haré referencia a continuación. Del Fascismo (además del comunismo) se encargarán François Furet y Ernst Nolte en la obra póstuma del primero 'Fascismo y Comunismo' (Alianza, 1999), que también utilizaré en este artículo.

Hay que tener en cuenta que es a partir de la ilustración cuando se empieza a cuestionar la superioridad de la cultura occidental, relativizando la premacía de sus postulados morales, paralelamente la reacción que apunta a restaurar esa preponderancia de lo occidental, representada en buena parte por Leibnitz, Tocqueville, etc. defiende la existencia de verdades absolutas y apuesta por 'el mejor mundo posible' creado por Dios. Al otro lado, Voltaire ('Cándido o el optimismo', 1759) critica ese optimismo 'leibnitziano' del mejor mundo posible en el que lo que ocurre lo hace siempre para bien, en el escepticismo metodológico de esa 'zorra' que definirá Berlin. En este tránsito al siglo XVIII, protagonizado por la creciente importancia de la razón frente a las verdades incontestables, cobrarán relevancia las utopías (Santo Tomás Moro, 1516) y se irán abriendo paso los sistemas totalitarios, que son también profundamente racionales. Partimos, entonces, del concepto de 'modernidad', que es un concepto relativamente reciente en Occidente y que se basa en el enfoque historiográfico anglosajón, aludiendo al cambio cultural y mental que vivieron las sociedades occidentales durante el tránsito del XVI al XVIII, en el que hay importantes juegos de contraposiciones conceptuales dicotómicas (razón-prejuicio; verdad-ignorancia; justicia-autoridad; igualdad-privilegio; cooperación-competencia), que tan acertadamente dibuja Huizinga (1919) en su obra 'El otoño de la Edad Media'. Se piensa que es posible sacar a la humanidad de la ignorancia y con la verdad de la razón aspirar a convertir en 'bueno' al ser humano en sociedad. Destruyendo el dogma se puede construir una sociedad basada en conceptos como 'igualdad', 'razón', 'cooperación' y 'justicia', una sociedad benéfica y esplendorosa, alejada de la superstición.

Si partimos de la idea de que el contexto atribuye significado a la acción histórica y que en este contexto el historiador es hijo de su tiempo, entenderemos que éste podrá escapar de su sociedad y que todo hecho histórico es susceptible de múltiples interpretaciones y usos. En esta línea de pensamiento, la utilización de la razón no ha de ser necesariamente bondadosa, ni buenos sus resultados empíricos, ya que puede utilizarse para construir mitologías alternativas, como las que señala Steiner. De hecho, en el transito a la modernidad, el concepto de religiosidad también va a transformarse, yendo de lo divino a lo humano (Mosse) y la razón se convierte en una nueva religión, en un culto dogmático. Es lo mismo que les ocurre, según Steiner, al marxismo, el psicoanálisis, la antropología de Strauss, etc. Para Mosse, entendiendo que toda sociedad crea mitos y leyendas en esa búsqueda de estabilidad en el absoluto - como señala Steiner - 'la nacionalización de las masas' a través de la construcción de mitos nacionales, que no son sino absolutos, somete a la humanidad, al menos su voluntad y libre albedrío, a esos absolutos, como la patria, en aras a su dominación. Fascismo y Comunismo apelan, cada uno desde perspectivas ideológicas diferenciadas y diferentes, a esa mitología totalitaria con vocación de absoluto (Furet y Nolte) utilizando la metodología maquiavélica de un fin bondadoso, el advenimiento del paraíso de la humanidad, para justificar sus excesos en la dominación de la humanidad.

¿Es el fascismo una respuesta al comunismo o se trata de dos fenómenos paralelos? Siendo cierto que existe una cronología sucesiva de acontecimientos - la revolución rusa ocurre en 1917, Mussolini accede al poder en 1923 y Hitler en 1933, diez años más tarde tras un primer intento fallido en 1923 - que en ambos casos, tanto Hitler como Mussonili provenían de partidos obreros, sobretodo en el caso de Mussolini (expulsado del Partido Socialista Italiano en noviembre de 1915 juró venganza) y que ambos dictadores establecieron entre sus enemigos al comunismo; y contando también con que la tesis inicial de Nolte establece que fascismo y comunismo son dos movimientos paralelos, hijos de la Primera Guerra Mundial, o mejor dicho, de las consecuencias de la Gran Guerra, y fruto de las contradicciones internas del sistema capitalista liberal, aunque Hobsbawm (1917) afirma que la tesis de Nolte es más cercana a la de Furet de lo que se deduce de una primera lectura, en el sentido de que parece establecer una causalidad entre los excesos del comunismo y los del nazismo, lo cierto es que, en todo caso, sí parece que ambos movimientos, paralelos o en sucesión causal, mantienen una relación estrecha. En el caso del comunismo, puesto el acento en lo social, con el horizonte puesto en la igualdad social se diluye el valor del individuo en la masa y en esa dilución pierde valor la vida humana; en el caso del fascismo el acento puesto en constructos patrióticos, étnicos y culturales, que llaman a mitologías de civilizaciones épicas, excluyen del círculo 'elegido' a la mayor parte de las personas y partiendo del fortalecimiento de las desigualdades sociales entre individuos en sociedad, extiende a grupos sociales estas desigualdades, de tal manera que también el valor de la vida humana sufre una devaluación sensible. En ambos casos, tanto en el del fascismo como en el del comunismo, el paraíso por venir es anunciado 'a bombo y platillo' por los profetas del 'pueblo elegido' - no por Dios, como en el caso de los judios, sino por la historia - para encabezar la marcha de la civilización. Es destacable el 'antijudaísmo' del nazismo, que como señala Nolte, apunta a la circunstancia de que tanto Marx como buena parte de los dirigentes comunistas pertenecieran a esta étnia, y que en base a este hecho se pueda establecer esa 'reacción' fascista al comunismo.

Cabe señalar, llegados a este punto, que el hecho de que la Segunda Guerra Mundial definiese, como no podía ser de otra manera, en el bando de 'los vencedores' a la Unión Soviética, resultase más fácil poner de manifiesto los excesos del nazismo en Alemania y de alguna manera silenciar - aunque sólo temporalmente - los excesos del sistema soviético estalinista. El campo de exterminio ganó protagonismo frente al Gulag, y no sólo en el acervo cultural occidental sino en la historiografía universal, de tal manera que se ha hecho necesario un ejercicio de revisión histórica. Como señalan en 'Fascismo y Comunismo' (Alianza, 1999) ambos historiadores, la historiografía avanza en la medida en que es suceptible de revisión, ya que de esta manera se permite acceder a conocimientos desconocidos hasta el momento y a la corrección de errores interpretativos. Sin embargo no conviene llevar demasiado lejos este afán revisionista, porque se puede empezar descubriendo historia oculta y terminar justificando la barbarie aduciendo que el adversario ha cometido una barbarie mayor, lo que es una contradicción 'in termini', una antítesis insostenible. Ni los crímenes del nazismo justifican los del comunismo, ni viceversa, ambos son execrables y fruto de sistemas totalitarios que se basan en absolutos, sistemas mitológicos sustitutivos, como diría Steiner, del absoluto religioso.

En definitiva, la pérdida y el vacío existencial dejado por la pérdida de influencia de los grandes sistemas religiosos basados en el absoluto, y en concreto de la religión cristiana, en las sociedades occidentales ha generado la necesidad de llenar ese vacío en la humanidad, que ha sido aprovechada por las meta-religiones - construcciones mitológicas racionales con vocación de absoluto - para intentar dominar a la humanidad, prometiendo el advenimiento del paraíso. Fruto de este tránsito cultural y moral, en el que la razón va a convertirse en un nuevo culto al absoluto, han aparecido constructos filosóficos totalitarios (absolutos universales) como el fascismo y el comunismo. La experiencia de lo pernicioso que puede resultar ser el culto a la razón, ejemplarizado en los resultados de sistemas tan racionales como el nazi o el estalinista, ha precipitado la noción de decadencia occidental, acrecentado la sensación de confusión en la humanidad y propiciado la aparición de creencias fantásticas, basadas en la superstición y la irracionalidad, triste remedo de la realidad percibible y fruto de la modernidad.
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